Cuando un presidente habla ante los jóvenes, sus palabras no llegan solas: dentro de ellas camina el poder. Busqué la fuente antes de opinar. La transcripción oficial confirma que el presidente Javier Milei presentó al capitalismo como una derivación del orden divino, afirmó que Marx era satanista, contrapuso el programa de Dios al marxismo y dividió la elección entre el bien y el mal. También celebró que los estudiantes intensificaran sus abucheos contra periodistas. La objetividad exige decirlo todo: las familias habían sido informadas y la asistencia era voluntaria. Pero también se publicó que el Presidente pidió reducir la presencia de adultos y que la prensa no ingresara. El Presidente tiene derecho a defender el capitalismo, criticar el marxismo y expresar su fe. La libertad protege incluso las ideas que no compartimos. El peligro comienza cuando el poder confunde su pensamiento con el bien y convierte la discrepancia en una forma del mal. Borges nos enseñó que los laberintos no siempre están hechos de paredes. Algunos se construyen con palabras y ofrecen una sola salida: la obediencia. La República existe para impedir que alguien se considere dueño del mapa completo. Como hombre de fe, lo digo sin temor: Dios no pertenece a ningún partido. La fe se testimonia; no se decreta. Ningún gobierno puede apropiarse del cielo ni repartir el infierno entre sus adversarios. La prensa puede equivocarse y debe responder por sus errores. Pero no corresponde enseñar a los jóvenes a reemplazar una respuesta por un abucheo. El periodismo no posee la verdad: impide que el poder se crea su único propietario. Tampoco comparto los agravios personales ni los diagnósticos sobre la salud mental del Presidente. La verdad no necesita exageraciones para ser valiente. El propio Gobierno dictó una norma contra la imposición partidaria en las escuelas. Ese principio debe alcanzar a todos: lo que sería adoctrinamiento en la voz de un docente no se transforma en educación porque lo pronuncie un presidente. A los jóvenes no se los protege ocultándoles ideas. Se los protege ofreciéndoles otras voces y el derecho a preguntar. Desde Tafí del Valle, las montañas enseñan que la voz más fuerte no siempre es la más verdadera. Algunas veces es solamente la más cercana al eco. Y el eco repite sin pensar. La democracia comienza cuando alguien se atreve a interrumpirlo con una pregunta.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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